La escucha activa es uno de los pilares de la convivencia armónica y es una habilidad que afecta a todos los ámbitos de nuestra vida: la familia, el trabajo, la educación y la participación en la sociedad.
Vivimos en una época en la que resulta facilísimo comunicarse, pero paradójicamente resulta cada vez más difícil sentirse verdaderamente escuchado. La escucha es equivalente a “ser visto” por la otra persona, en un espacio en el que, por ejemplo, hay dos personas, una expresa lo que opina y la otra pregunta o bien reformula las palabras para confirmar que lo ha entendido (parafrasear). A esta dinámica se le llama conversar con escucha activa.
Las redes sociales, la inmediatez y el ritmo acelerado del día a día nos han acostumbrado a responder rápidamente antes de comprender, a opinar antes de reflexionar y a preparar nuestra réplica mientras la otra persona aún está hablando. En este contexto, escuchar se ha convertido en un acto extremadamente difícil y raro.
Sin embargo, la calidad de nuestra convivencia depende, en gran medida, de nuestra capacidad para escuchar. No basta con escuchar, también es importante demostrar a nuestro interlocutor que lo estamos haciendo y que lo que dice nos interesa.
Oír no es escuchar
Aunque solemos utilizar ambos términos como sinónimos, existe una diferencia fundamental.
Oír, según la RAE: percibir con el oído los sonidos. Por tanto, es un proceso biológico. Nuestros oídos captan sonidos de forma automática.
Escuchar, definición de la RAE: prestar atención a lo que se oye. Por tanto, implica una decisión consciente: prestar atención, comprender el mensaje del otro y tratar de interpretar no solo sus palabras, sino también sus emociones, preocupaciones y necesidades. Escuchar necesita tiempo, paciencia y, sobre todo, la voluntad de dejar de ser el centro de la conversación durante unos minutos.
¿Por qué nos cuesta tanto escuchar?
Existen varios motivos. Vivimos rodeados de distracciones. Las notificaciones del móvil, la multitarea o el estrés, en definitiva, la cantidad de ruido circundante, reducen nuestra capacidad de prestar una atención plena a quien tenemos delante.
En primer lugar, nuestro cerebro busca confirmar aquello que ya piensa. La psicología conoce este fenómeno como sesgo de confirmación: prestamos más atención a la información que refuerza nuestras creencias y tendemos a ignorar o cuestionar aquello que las contradice.
Muchas veces estamos más pendientes de cuál va a ser nuestra respuesta que en escuchar lo que nos está diciendo nuestro interlocutor. A ello se suma el deseo de tener razón. Las conversaciones que nos sirven para realizar un intercambio de ideas, se convierten en debatir/disputar, donde el objetivo no es el comprender al otro, sino ganar.
Escuchar genera confianza
Cuando una persona siente que ha sido escuchada, cambia completamente su actitud, disminuye la sensación de amenaza y aumenta la disposición a la conversación.
Numerosos estudios sobre resolución de conflictos muestran que muchas tensiones no se producen únicamente por las diferencias de opinión, sino porque las personas sienten que nadie ha tratado realmente de comprenderlas.
La Escucha Activa como herramienta de convivencia
La escucha activa es mucho más que una habilidad comunicativa: es una herramienta de cohesión social.
Escuchar permite:
- Reducir los malentendidos.
- Favorecer acuerdos.
- Prevenir conflictos.
- Fortalecer la confianza entre personas con ideas diferentes.
- Crear espacios donde el respeto prevalece sobre la confrontación.
La convivencia no consiste en pensar igual, sino en aprender a vivir juntos a pesar de nuestras diferencias.
¿Cómo practicar una Escucha Activa?
La escucha activa es una habilidad que podemos desarrollar con la práctica. Estos son algunos de las pautas que podemos seguir:
1. Escuchar para comprender, no para responder.
Antes de responder, asegúrate de haber entendido realmente lo que la otra persona quiere expresar.
2. Evitar las interrupciones.
Interrumpir transmite el mensaje de que nuestras ideas son más importantes que las del otro.
3. Hacer preguntas.
Preguntas como «¿Puedes explicarme mejor a qué te refieres?» o «¿Cómo llegaste a esa conclusión?» demuestran nuestro interés.
4. No identificar desacuerdo con ataque.
Es posible discrepar y seguir respetando a quien tenemos delante; debemos mostrar nuestra opinión sin agredir, utilizando palabras conciliadoras.
5. Prestar atención al lenguaje no verbal.
Muchas veces las emociones comunican más que las palabras.
La Escucha Activa es un ejercicio de humildad
El filósofo Karl Popper defendía que el progreso del conocimiento depende de reconocer que podemos estar equivocados. Escuchar es precisamente aceptar esa posibilidad.
Cuando escuchamos con verdadera apertura, dejamos espacio para aprender, corregir errores y enriquecer nuestra forma de ver el mundo.
No se trata de renunciar a nuestras convicciones, sino de reconocer que no estamos en posesión de la verdad absoluta.
La escucha activa no es un gesto de cortesía, sino un compromiso con el respeto y con la dignidad de las otras personas, aunque piensen, sientan o vivan de manera diferente a la nuestra.
Hagamos un esfuerzo por practicarla y seguro que la convivencia con las personas de nuestro entorno se convierte en mucho más armónica.
Nos parece de interés añadir la propuesta de los tres derechos humanos fundamentales y cotidianos del Dr. Humberto Maturana: el derecho a equivocarse, el derecho a cambiar de opinión y el derecho a irse de un lugar. Estos principios buscan fomentar la libertad personal, la reflexión y el respeto mutuo en las relaciones humanas.
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